miércoles, 28 de septiembre de 2016

Sentir con la Iglesia

LAS LECTURAS

Alimentaba esta aspiración permanentemente leyendo todo aquello que a sus manos llegaba referente a las misiones y a los misioneros. La hermana mayor, sor María del Sagrado Corazón, afirma de ella: “Leía con avidez la vida de los misioneros, porque en ellos encontraba la expresión de sus propios deseos” (Sr. Marie del S.C.). Y ella misma lo afirma en una carta que escribe al P. Roulland: «He leído, después de vuestra partida, la vida de varios de vuestros misioneros [de las Misiones Extranjeras de París]. Leí, entre otras, la de Teófano Venard, que me interesó y emocionó sobremanera» (carta al P. Roulland). 
Su corazón se identificaba con los pensamientos y las acciones de los misioneros, vibraba con ellos; así le acontece al leer la vida del joven mártir de Tonkín: «Reflejan mis propios pensamientos, mi alma se parece a la suya» (Apéndice II). Los mártires son siempre testigos elocuentes, que nos hablan con su vida hecha palabra de fuego.


SENTIR CON LA IGLESIA
(La misión desde dentro, desde el alma, desde la oración)

Santa Teresa de Ávila nos deja como testamento la herencia del amor a la Iglesia, a la que ama y en la que desea morir. Teresa de Lisieux vive en profundidad este amor. Tomando la imagen de san Pablo, contempla a la Iglesia como ese cuerpo místico, con diversos y distintos miembros, pero que participan todos de una misma vida, que es Cristo. Todos debemos ser canales para que a todas las partes de ese cuerpo llegue la savia de la sanación y la salvación. 
Todos podemos ir prendiendo en el mundo pequeñas lámparas con la luz que arde en nuestras vidas. La madre Inés de Jesús —su hermana Paulina— nos cuenta esta confidencia: “Sor María de la Eucaristía quería encender los cirios para una procesión. Mas no disponiendo de cerillas, se acercó a la lamparilla que ardía ante las reliquias. La encontró medio apagada, con un débil resplandor sobre la mecha carbonizada. Logró, con todo, encender su vela y con ella pudo dar fuego a todas las de la Comunidad... Fue aquella llama, casi extinguida, la que produjo aquellas bellas luminarias, las cuales, a su vez, podrían comunicarse a otras infinitas e iluminar el mundo entero... Y todo se debería a la primera lamparilla que originó este incendio. Lo mismo sucede con la comunión de los santos. Frecuentemente, sin que lo sepamos, las gracias y bienes que recibimos son debidas a un alma escondida, porque el Señor, en su bondad, quiere que los santos se comuniquen recíprocamente la gracia por medio de la oración... Cuántas veces he pensado que todas las gracias que he recibido se las debo a la oración de un alma que pudo pedir por mí a Dios y a la que yo conoceré solamente en el cielo" (Últimas conversaciones, 15 de julio). 
«La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que si la Iglesia tenía un cuerpo compuesto de diferentes miembros, no podía faltarle el más necesario, el más noble de todos los órganos; comprendí que tenía un corazón, y que este corazón estaba abrasado de amor; comprendí que el amor únicamente es el que imprime movimiento a todos los miembros, que si el amor llegase a apagarse, ya no anunciarían los apóstoles el Evangelio, y rehusarían los mártires el derramar su sangre. Comprendí que el amor encierra todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares porque es eterno. Y exclamé en un transporte de alegría delirante: ¡Oh Jesús, Amor mío, al fin he hallado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor! Sí, hallé el lugar que me correspondía en el seno de la Iglesia, lugar, ¡oh Dios mío!, que me habéis señalado Vos mismo; en el corazón de mi madre la Iglesia seré yo el amor... Así lo seré todo, así se realizarán mis anhelos» (Manuscritos, cap. XI). 

Su vivir es Cristo y para Cristo. Ha encontrado su razón de ser en plenitud. Su vida y su muerte, sus alegrías y dolores...; le da igual, porque todo ha sido ofrecido, desde el amor, a fin de ganar almas para Cristo. De ella, y con toda exactitud, podemos decir que “en poco tiempo, hizo grandes cosas”.

martes, 27 de septiembre de 2016

El violento deseo de ser misionera

UNA COMUNIDAD MISIONERA


Teresita leía "anales misioneros". Para ti cuales son las lecturas que más frecuentas. Ella siente desde ahí enormes deseos de ser misionera. Y para ti, cuales son tus héroes? Que se esconde en lo secreto de tu corazón con respecto al deseo de un Dios que sigue buscando trabajadores para su viña?

Hay una edad, la edad de la adolescencia, en que todos, de una manera o de otra, buscamos o hemos buscado nuestro “ídolo”; nos apasionan y nos ilusionan aquellas personas que de alguna manera encarnan un ideal. A los 14 años, Teresita, amante de las lecturas de los misioneros y misioneras, al terminar, de leer los Anales Misioneros de la Propagación de la Fe, siente un vehemente impulso de imitar a aquellas religiosas que han partido a la búsqueda de los que todavía no conocían a Cristo. Las admira y comienza ya a sentir el deseo de hacerse religiosa de las Misiones Extranjeras de París. 
Le entusiasmaban aquellas crónicas que tan bien sintonizaban con aquel hervor que bullía en su interior. En un momento siente como un estallido en su corazón, y después de un silencio profundo exclama: «¡Qué violento deseo siento de ser misionera! ¿Qué sucedería si lo reavivase aún más con la visión directa de ese apostolado? Me haré Carmelita... para sufrir más y con esto salvar más almas» (Consejos y recuerdos). 
A la edad de 15 años y tres meses emprende la subida al Carmelo en el convento de Lisieux. Allí, efectivamente, reaviva el deseo de ser misionera cuando escucha la historia del convento que esa comunidad había fundado en Indochina, en la ciudad de Saigón, trece años antes de nacer ella. 
La historia es conmovedora. Monseñor Domingo Lefebvre, vicario apostólico de Indochina, se hallaba, a mediados del siglo XIX, por segunda vez en la cárcel de Hué. Encadenado, como san Pablo, pasaba los días orando en espera del cumplimiento de la pena de muerte a la que había sido condenado. Pedía al Señor la gracia de un monasterio contemplativo, con un grupo de almas orantes que se inmolaran por aquella misión para que cesasen las persecuciones tan horrendas y sangrientas contra los misioneros de Annam. Así se lo pedía también constantemente a santa Teresa de Ávila, de la que era muy devoto. «Un día —nos cuenta— se me apareció la Santa y me dijo: “Establece un Carmelo en Annam: Dios será grandemente glorificado”». 
Pocos días después recibe en la cárcel la grata noticia de que una prima suya ha profesado en el convento de Lisieux con el nombre de Genoveva de la Inmaculada Concepción. ¡Dios iba abriendo camino en medio de aquella selva oscura! Inexplicablemente y de forma providencial es liberado de su condena a muerte y se le otorga la libertad. 
No sólo se le habían abierto las puertas de la cárcel, sino que también, a través de los signos, había brillado un rayo de esperanza en medio de la tormenta de todos esos grandes nubarrones. Pronto monseñor Lefebvre dirige una carta al convento de carmelitas de Lisieux. Por aquel entonces estaba de priora la madre Genoveva de Santa Teresa; otra santa, de la cual nos dirá santa Teresita que guardaba como una reliquia el pañuelo en que había recogido su última lágrima. La respuesta fue rápida y decidida. El 1 de julio de 1861 tres religiosas salían para Indochina y el 15 de octubre de ese mismo año se inaugura el primer Carmelo de Oriente en la ciudad de Saigón. Se cumple la promesa de santa Teresa, y Dios fue “grandemente glorificado”, porque en poco más de cien años han brotado de él unos cuarenta monasterios. Al celebrarse el primer centenario, un periódico no católico de Saigón, Dong Nai, hacía este comentario: “Por los pecados y delitos que cada uno de nosotros puede cometer, sabemos que hay una religiosa encerrada en un monasterio de clausura que está expiando por nosotros”. 
La semilla caía en tierra buena y todos estos relatos enardecían más cada día esos vehementes deseos que la joven religiosa sentía por la salvación de las almas. «Desearía ser enviada al Carmelo de Hanoi para sufrir mucho por Dios. Si me curo, quisiera ir allí para vivir enteramente sola, sin alegría ni consuelo alguno en la tierra. Ya sé que Dios no necesita de nuestras obras, y aun estoy segura de que allí no prestaría yo servicio alguno, pero sufriría y amaría. Esto es lo que cuenta a los ojos de Dios» (Últimas conversaciones, 15 de mayo).



jueves, 22 de septiembre de 2016

Octubre-mes misionero

Se acerca octubre, el mes misionero, por eso queremos compartir por secciones contigo, la experiencia misionera de santa Teresa de Lisieux, la gran patrona de las misiones, junto a san Francisco Javier. 

Santa Teresa del Niño Jesús fue nombrada por Pío XI, en 1925, Patrona de la Obra de San Pedro Apóstol para el Clero Nativo y, en 1927, Patrona de las Misiones junto con san Francisco Javier. Nació en Normandía, Francia, el 3 de enero de 1873, fue monja de clausura a la edad de 15 años, y dedicó su existencia a orar y a sacrificarse por los sacerdotes, especialmente los misioneros. Murió muy joven, a los 24 años, pero dejó un mensaje excepcional por su sencillez y profundidad.

UNA FAMILIA MISIONERA

Aunque la santidad no se hereda, sí podemos decir que las circunstancias que nos rodean normalmente van moldeando nuestra vida. Vivía Francia por aquel entonces un esplendoroso espíritu misionero, que había penetrado en los hogares cristianos. Así, la señorita María Paulina Jaricot, apoyada por su familia y sorteando mil dificultades, concibe la idea madre de la Propagación de la Fe; monseñor Carlos A. Forbin Janson funda la Obra de la Infancia Misionera; y, posteriormente, se establece también la Obra de San Pedro Apóstol, impulsada por la entrega generosa y la dedicación plena de Juana Bigard y de su madre, Estefanía. 
Santa Teresa nace en una casa donde se vive intensamente el espíritu, misionero. Los Martin-Guèrin, sus padres, suspiran por tener un hijo misionero y, en compensación de este deseo frustrado, ofrecen todos los años una buena limosna para la Propagación de la Fe. Eran abundantes las oraciones y los sacrificios que se imponía esta familia pidiendo a Dios la conversión de los pecadores. 
Es emocionante leer el testimonio que Teresa, la más pequeña de las hijas, nos ha dejado de sus padres: «Ellos pidieron al Señor que les diese muchos hijos y que los tomara para sí. Fue escuchando este deseo. Cuatro angelitos volaron para el cielo y las cinco hijas que quedaron en la arena escogieron a Jesús por Esposo. Mi padre, con un ánimo heroico, como un nuevo Abrahán, subió tres veces a la montaña del Carmelo para inmolar a Dios lo que tenía de más querido. Primero fueron sus dos hijas mayores... Después la tercera de sus hijas... en el Convento de la Visitación... Al escogido de Dios no le quedaban más que dos hijas: la una de dieciocho años, la otra de catorce. Ésta, Teresita, le pidió volar al Carmelo, lo cual obtuvo sin dificultad de su padre. Cuando la hubo conducido al puerto, dijo a la única hija que le quedaba: “Si quieres seguir el ejemplo de tus hermanas, consiento en ello, no te preocupes por mí”. Más tarde, él mismo dirá: “Dios sólo puede exigir un sacrificio como éste... Mas no me compadezcáis, porque mi corazón rebosa de alegría”» (Manuscritos, cap. VII). Eran muchas las obras de caridad que hacían, pero su mayor alegría y empeño principal era la conversión de un pecador. 
Estas ideas van formando y conformando la personalidad de aquella niña: «El Señor me hizo nacer en una tierra santa y como impregnada de un perfume celestial» (Manuscritos, cap. I). Y en una carta a uno de sus “hermanos” misioneros añade: «Dios me ha dado un padre y una madre más dignos del cielo que de la tierra» (carta al P. Bellière). Nacida en este jardín, ella misma nos dirá más tarde: «Si hubiera sido libre para disponer de mis bienes, me habría arruinado ciertamente, porque no podía ver una persona en la miseria, sin darle en seguida cuanto necesitaba» (Últimas conversaciones). A este propósito nos recuerda lo que hacía a sus ocho años: «Sacaba de mi hucha algunas limosnas para entregarlas en determinadas fiestas solemnes a la Obra de la Propagación de la Fe» (Manuscritos, cap. III). 
De interna en el colegio de las benedictinas, le gustaba llevar una cruz llamativa que le hacía recordar a los misioneros. Ella misma nos dice: «Me gustaba muchísimo asistir con las religiosas a todos los oficios. Llamaba la atención entre mis compañeras por un crucifijo que Leonia me había regalado, y que llevaba atravesado en el cinturón, como lo llevan los misioneros». 
Podemos decir de ella que fue una flor tan cuidada de Dios y de sus padres que desde sus primeros años emprende el camino de la disponibilidad y de hacer siempre la voluntad de Dios. Era tal su delicadeza que confiesa no recordar haber dicho nunca un no a Jesús desde que tenía tres años.


Hay en tu familia, en la parroquia, entre tus amigos, o en personas que conozcas, que vaya despertando en ti el espiritu misionero? 



miércoles, 21 de septiembre de 2016

vocacion religiosa de Sor Isabel de la Trinidad



Un deseo que Dios pone, en medio de la prueba

A los 13 años confiesa a su madre que quiere ser carmelita descalza. Esta se opone y prohíbe a la muchacha hablar de ello y visitar a las monjas. Isabel no quiere disgustar a su madre y acepta, pero a los 14 años se siente movida a hacer un voto privado de virginidad. Exteriormente nadie lo notará, pero ella vivirá suspirando por el Carmelo, tal como vemos en sus poesías y en sus diarios. Por entonces escribe:

Jesús, estoy enamorada de ti / y deseo ser tu esposa cuanto antes. Deseo sufrir contigo / y morir ya, para verte.
Y dos años después: ¿Por qué me haces –ay– languidecer? / Cuánto me gustaría ser tuya ya y así vivir en soledad contigo / lejos incluso de los que amo con locura.
¿Por qué me haces –ay– languidecer / dilatando el cumplimiento de mis anhelos?  Es el Carmelo donde Dios me llama / y mi alma vuela presto a su reclamo.

Isabel desearía entrar en el Carmelo para ser toda de Jesús, pero ante la oposición de su mamá opta por entregarse al Señor cada día, en cada momento, en medio de sus ocupaciones seculares, mientras espera el permiso para entrar al convento y vivir ahí su vocación. Ella es carmelita en el mundo, vive toda su existencia orientada hacia la santidad en su propio estado y en su propia casa, haciendo lo que debe hacer con la mayor naturalidad y sin ruidos, esforzándose por vivir las virtudes humanas de una manera extraordinaria. Entre estas virtudes destacan su amabilidad con todos, su servicialidad, su inmensa alegría y humorismo, los finos detalles que tenía con su madre y su hermana y su sentido profundo de la amistad. Era admirada por su belleza y elegancia y querida por la finura de su trato. Todos los que la conocen insisten en que es «encantadora». En sus numerosas cartas cuenta sus partidos de tenis, sus largos paseos, las fiestas y bailes, los conciertos… sin faltar referencias a vestidos, peinados, moños ¡y pretendientes! Aparentemente, como una chica más de su edad y condición. Si no fuera por el testimonio de sus escritos, desconoceríamos lo que pasa en su corazón:

Mi corazón está siempre con Él / y día y noche piensa sin cesar en ese celestial, divino Amigo / a quien su amor quisiera demostrar. También se eleva a Él este deseo: / No morir, sino sufrir por largo tiempo, sufrir por Dios, darle la propia vida / rogando por los pobres pecadores.¡Estas son mis santas ambiciones!


El Dios que lleva a termino el deseo que pone en el corazón

Ni los ruegos del párroco, ni la intercesión de otras personas hacen cambiar de opinión a su madre. Finalmente, cuando contaba 19 años, su madre le dio permiso para frecuentar a las carmelitas y hacerse una de ellas al llegar a la mayoría de edad, que entonces se alcanzaba a los 21:
Margarita ha vuelto a hablar a mamá de mi vocación […]. Después de comer, mi pobre madre me habló del asunto y, cuando vio que mis ideas seguían siendo las mismas, derramó copiosas lágrimas y me dijo que cuando cumpliera los veintiún años no me impediría irme, que solo faltaban dos años, y que en conciencia no podía abandonar antes a mi hermana. […] Cuando las vi a las dos llorando por mí, también a mí se me inundaron los ojos de lágrimas. ¡Ay, Jesús mío!, tienes que ser precisamente Tú quien me llama y me sostiene, tengo que verte a ti tendiéndome los brazos por encima de estos dos seres tan queridos, para que no se me parta el corazón. Yo haría cualquier cosa por evitarles una sola lágrima, y soy yo quien se las hace derramar de esa manera… Lo sé, Maestro mío, Tú me quieres y me das fuerzas y valor. En medio de mis lágrimas, siento una paz y una dulzura infinitas. Sí, pronto podré ser tu esposa. Durante estos dos años me esforzaré aún más por ser una esposa menos indigna de ti, Amado mío (Diario 105).
Ese mismo día escribe una larga (112 versos) y emotiva poesía para dar gracias a la Virgen, a la que estaba haciendo una novena pidiéndole que consiguiera la autorización materna:
 Oh, María, mi madre muy amada, / oh, Virgen, a quien tanto he invocado, gracias, gracias, mi gozo es demasiado; ¡qué alegría me inunda el corazón! […]
Aún no he terminado mi novena, / madre mía, y ya he sido escuchada […] Oh mi Amado, mi amor incomparable, / ¡único por quien vivo y a quien amo tanto!
¡Jesús, sí, quiero consolarte! / ¡Divino Esposo, temo estar soñando! […] Seré tuya a la vuelta de dos años, / me cubriré con tu vestido santo. Como respuesta a tu llamada urgente, / todo lo dejaré por el Carmelo.
En su primera visita a las Carmelitas, estas le entregan la Historia de un alma de la Hna. Teresita del Niño Jesús, fallecida dos años antes y con la que se sentirá profundamente identificada en su camino de amor, de confianza y de abandono. En sus Notas íntimas vemos con claridad sus sentimientos y deseos en estas fechas, en profunda comunión con Sta. Teresita, a la que citará continuamente en sus cartas hasta el final de su vida:
¡Jesús, Amado mío, qué dulce es amarte, ser tuya, tenerte por único Todo! Ahora que vienes todos los días a mi corazón, que nuestra unión sea más íntima todavía. Que mi vida sea una continua oración, un prolongado acto de amor. Que nada pueda distraerme de ti, ni los ruidos, ni las distracciones, nada ¿eh? ¡Cómo me gustaría, Maestro, vivir contigo en el silencio! Pero lo que me gusta, por encima de todo, es hacer tu voluntad. Y como Tú quieres que yo siga aún en el mundo, me someto de todo corazón por amor a ti. Te ofrezco la celda de mi corazón, para que sea tu pequeña Betania. Ven a descansar allí, te quiero tanto. […] Quiero cumplir con perfección tu voluntad y corresponder siempre a tu gracia. Deseo ser santa contigo y para ti, pero siento mi impotencia: se Tú mi santidad. […] Cada latido de mi corazón es un acto de amor. Jesús mío, mi Dios, ¡qué bueno es amarte y ser totalmente tuya! (Nota íntima 5).
A medida que se acerca su 21º cumpleaños, parece crecer la oposición de su madre a su entrada en el Carmelo. Isabel alcanza una madurez asombrosa y sabe vivir en plenitud su vocación cristiana en el mundo, aunque con el corazón en su amado Carmelo:
Si viera cómo sufro viendo a mi pobre mamá desconsolada a medida que se acerca mis veintiún años… Se deja influenciar mucho: un día me dice una cosa y al día siguiente, todo lo contrario […] Yo me entrego, me abandono en brazos de mi Amado divino y me quedo tranquila: sé de quién me he fiado. Él es todopoderoso, que lo disponga todo a su antojo. Yo solo quiero lo que Él quiere, solo deseo lo que Él desea, solo le pido una cosa: ¡Amarle con toda el alma, pero con un amor verdadero, fuerte y generoso! Durante estos días hemos estado muy ocupadas en un montón de cosas, y ahora vuelven a empezar las reuniones. Usted sabe lo poco que eso me gusta; pero, bueno, se lo ofrezco a Dios. Me parece que nada puede alejarnos de Él si obramos solo por Él, viviendo siempre en su sagrada presencia y bajo esa mirada divina que penetra hasta lo más íntimo del alma; incluso en medio del mundo se le puede escuchar en el silencio de un corazón que quiere ser solo suyo (Cta. 38).
A pesar de su dolor, encuentra fuerzas para consolar a una joven que se encuentra en una situación parecida a la suya. No decrecen sus deseos de hacerse carmelita, pero sabe que tiene que vivir el presente con intensidad, que no debe esperar a estar en el convento para ser toda de Jesús, que también en su casa y en medio de mil actividades puede alcanzar la plenitud del amor:
Jesús quiso, hace un año, que nuestras almas se encontrasen; Él fue quien nos unió tan íntimamente. ¡Ese es el secreto de nuestro profundo afecto! Hay algo muy íntimo entre nosotras. El viernes pasado se lo decía yo a nuestra madre, hablándole de ti. Querida hermanita, déjate cuidar, no seas imprudente, ¡hazlo por Él! ¡Qué bueno es nuestro Prometido, sí, qué bueno es! Y cuando nos prueba, parece, ¿no es cierto?, que está todavía más cerca y que la unión es más íntima. ¿Sabes?, nosotras somos sus víctimas, Él nos marca con el sello de la Cruz para que nos parezcamos más a Él. ¡Ah, cómo te ama, querida Margarita, a ti a quien se complace en ponerte en su Cruz! Hay trueques de amor que solo en ella pueden comprenderse... Voy a confiarte una cosa: ¿Sabes?, me parece que Él es nuestra Águila divina y nosotras somos las presas de su amor. Él nos coge, luego nos pone sobre sus alas y nos lleva muy lejos, muy alto, a esas regiones en las que al alma y al corazón les gusta perderse... ¡Sí, dejémonos coger, vayamos adonde Él quiera! Un día, nuestra Águila adorada nos hará entrar en esa patria por la que suspiran nuestros corazones. ¡Ay, qué felicidad, hermanita, qué bien estaremos allí! Peromientras quiera dejarnos aquí en la tierra, amemos, amemos todo lo que podamos, vivamos de amor, queridísima hermanita (Cta. 41).
Las vacilaciones de su madre hacen crecer su sufrimiento, que se convierte en instrumento de purificación y de identificación con Cristo: «¡Cuánto sufro, Dios mío! Pero acepto seguir en este estado todo el tiempo que a ti te plazca, pues este feliz sufrimiento purifica mi alma que Tú quieres unir más íntimamente a ti. Más, más aún, todo el tiempo que quieras, pero sosténme Tú, pues soy muy débil. Tú ya sabes que Tú, y solo Tú, eres el único a quien amo, el único a quien vivo encadenada… Amor, ¡qué bueno es poder darte algo yo a ti, que tanto me has regalado!» (Nota íntima 11). A pesar de todo, su presencia exterior sigue siendo la de una joven alegre y educada, sin que nada haga sospechar su dolor. Isabel se mantiene firme en su vocación y, apenas cumple 21 años, hace comprender a su madre que su decisión es firme y que ya nada se puede oponer a la realización de su deseo. Escribe numerosas cartas de despedida a sus conocidos y, finalmente, el 2 de agosto de 1901 entra en el arca santa del Carmelo, tan largamente deseada.


LA VIDA CONSAGRADA A TRAVES DE LOS TIEMPOS

  La vida consagrada a través de los tiempos Desde el antiguo monacato en el desierto hasta las formas contemporáneas de la vida religiosa, ...