lunes, 22 de junio de 2020

CON UNA SOLA DE SUS MIRADAS

Un poco de mi historia vocacional

Yo como todas las jóvenes de mi tiempo iba a la escuela, practicaba deportes, tenía muchos amigos, gozaba de mi familia, tenía mis momentos de dudas y de rebeldía, así como momentos también de sueños para mi futuro. Fui la cuarta de una familia de 10 hijos: 7 mujeres y 3 hombres. Mis padres fueron Eustolia Serrano Garay y José Olivo Padrón. La escuela siempre me encantó, que varias veces saqué lo primeros lugares. Así que era ambiciosa y soñaba con llegar a ser algo grande con cualquier carrera que eligiera. Pero como existe Alguien más grande que nosotros y siempre está ahí, nos demos o no cuenta, a lo largo de mi vida se habían venido mostrado varios signos de su búsqueda hacia mí. Como por ejemplo, a la 9 años que hice mi primera comunión, fue para mí una experiencia de mucha trascendencia que ya no quería dejar, ni separarme de Aquel que me había cogido. Fue ese momento como un imán de atracción hacia la persona de Jesús. El venia a mi encuentro y era difícil dejar pasar esta amistad. Aunque en mi época de adolescencia y rebeldía me alejé un poco de Él.

En mi familia todos éramos muy católicos, pero mis hermanas mayores eran además muy comprometidas con la Iglesia, y de ellas yo había escuchado decir que querían ser religiosas. Yo no entendía que era eso y les preguntaba. Ellas me respondían que era como casarse con Dios. Eso hacia latir mi corazón, pues me volvía a la trascendencia del encuentro que tuve con Jesús en mi primera comunión y con lo ambiciosa que yo era, veía que era lo más grande que podía elegir. Si de niña quería hacer algo grande con mis estudios, en ese momento veía que no podía haber algo más grande y me agradaba la idea de ser religiosa, pero luego volvía a mi interior y me preguntaba si era un gusto mío o de Dios. Una vez más me envolví en mi escuela, amigos, fiestas, cantaba en una rondalla, bailaba sola en los festivales de mi pueblo, las canciones de moda del momento y llegué a pensar que me casaría y tendría hijos. 

Más grande, como a los 15 años me uní al grupo de jóvenes donde iban mis hermanas y ahí se fue nutriendo más mi vida espiritual. Con los encuentros bíblicos fue como ir conociendo más la persona de Jesús, la cual se me hacía muy atractiva. Con mis compañeras en la escuela, ahora quinceañeras hablábamos del príncipe azul y de cómo nos gustaría el hombre con el que nos casaríamos y aunque yo no se los decía a ellas pues creía que no me iban a entender, la persona de Jesús fue entrando a mi vida desde esa etapa de quinceañera, de una manera tan humana, es decir con las cualidades que yo como joven quinceañera podría buscar en un joven. Como que el llenaba todas mis expectativas, pero lo veía desde mi etapa de adolescente. Mi locura llegó a tal grado que parecía que yo si me había enamorado de mi príncipe azul y era Jesús y todo lo que El hacia por mi y por los demas.  Tanto que pensaba en él cómo las jóvenes piensan en sus príncipes azules y a la manera que se da en la adolescencia, pienso yo, sin pisar tierra, como veía yo a mis amigas de embobadas con sus chicos. Así me sentía yo con Jesús, al grado que mi mamá se empezó a preocupar y me preguntaba: hija estas enamorada? Te he visto rara, distraída, que te pasa? Yo no decía nada, me lo escondía todo, y eso me hacia sentirme sola, pues pensaba que nadie iba a comprender sobre mi príncipe azul, que pensarían que estaba loca. La vida seguía, yo continuaba mis estudios e iba a las fiestas con mis amigos, y varios de ellos cuando no iba a la escuela me enviaban recaditos para decirme que me extrañaban y que yo les gustaba, a lo que yo contestaba, que ya tenía novio y se llamaba Jesús. Y así, seguí yendo a los encuentros bíblicos además de leer por mi misma historias ilustradas de la vida de Jesús que me apasionaban, ademas de historias de hombres y mujeres que daban la vida por el y ayudaban a los demas, no se diga de quien se iba lejos, a tierra de misiones,  y no me quedaba tiempo y gusto para dar respuesta a los chicos.


Y aquello fue creciendo que cuando iba misa y escuchaba los textos de llamado, como cuando Jesús llama a los discípulos, quería yo ser uno de ellos. El padre aprovechaba esos textos para promover las vocaciones sacerdotales y yo volvía la mirada a Jesús en mi interior y sentía que quería ser uno de ellos, ademas que me dolia la necesidad de sacerdotes, como lo vivimos en mi pueblo. Mis hermanas me habían dicho que querían ser religiosas, pero yo no las conocía y todavía no me quedaba claro qué era aquello. Al único que conocía es al padre Toño, el sacerdote de mi pueblo, así que un día me acerqué al confesionario y confieso que en el fondo quería decirle que yo quería ser sacerdote, pero no me atreví, y le dije que quería ser religiosa, pues aunque no las conocía oí hablar de ellas a mis hermanas mayores. Yo recuerdo que temblaba cuando se lo dije, pues sentía que era una responsabilidad muy grande, y el solo se sonrió, me toco la cabeza con ternura, y me dijo, tu serás religiosa. Me fui a casa y aquello interior seguía creciendo. En casa había un cuadro grande de Jesús resucitado, que una señora había dejado abandonado en una casa vieja y mi mamá lo recogió. Era un cuadro tan bien hecho que describía muy bien la persona de Jesús con el que yo me iba encontrando. Así que yo pasaba ratos contemplándolo y desde esa imagen sentía que Jesús me sonreía y realmente me llamaba cada vez que iba al encuentro con El. Varias veces en este tiempo caí enferma de gripa y en la cama aprovechaba el tiempo para estar con él, no me cansaba de contemplarlo y la certeza de que él me quería en su obra crecía, solo que no sabía cómo ni dónde. Los textos de llamado a los discípulos en los evangelios y del Antiguo Testamento como el de Samuel y Jeremías me llegaban más y más. Al grado que le reclamaba a Jesús y sentía cierta envidia con los sacerdotes, tanto que un día en el noviciado tuve un sueño que nunca olvido, donde yo vivía en la época de Jesús, el andaba con sus discípulos predicando y a mí me tenían en su grupo y me llevaba bien con los discípulos. El sueño es cuando Jesús llama a sus discípulos a descansar y debajo de un árbol les empieza a contar chistes. Todos nos reíamos gozando aquellos momentos. Ese día yo compartía la habitación con una de mis compañeras, quien a fuerza querían saber qué había yo soñado pues dice que me reía mucho.

La vida seguía y yo continuaba en la prepa, envuelta en mi mundo de estudiante algo de mí quería olvidar aquello o enterrarlo y seguir la vida como toda joven, sobre todo porque pensaba en mi familia, el sufrimiento que podría causarles aquella noticia y yo desde mi cobardía quería huir de aquel dolor y en ese querer olvidar aquella inquietudd, hubo un chico que me atraía mucho, se me hacía muy guapo y el hacia lo posible por conquistarme y yo quise olvidar la inquietud con él. Pero cuando quise hacer caso a eso que yo sentía por el chico la fuerza interior del llamado era una batalla muy fuerte que no me dejaba en paz, y que se volvió más fuerte que yo, y entonces volvía a mis espacios de soledad. Pero los vivía sola y en mi interior, pues siempre pensaba que nadie me entendería.
En ese tiempo en el grupo juvenil, el señor Abel, que nos dirigía, llevo un día a la reunión varios libros de historia de un alma. Ese día repartió 4 y a mí me tocó la vida de santa Mónica, la mama de san Agustín, a la niña más pequeña del grupo, cuyo nombre era Rosa, le dio historia de un alma de santa Teresa de Lisieux. Antes de salir del grupo, aquel día, Rosa vino a mí para cambiar su libro por el mío. Yo al principio me resistí, pues ambas nos dejábamos llevar por la pasta, y mi libro tenía un dibujo muy bonito. Pero como en ese tiempo era cuaresma y yo estaba tratando de hacer pequeños sacrificios, se lo cambie, con la condición de que una vez que lo leyera me lo iba a devolver. Y así regresé a casa y como siempre me gustó leer mucho, ese día me fui al jardín me senté a la sombra de un árbol y empecé a leer a la desconocida en ese entonces, la gran Teresa de Lisieux, a la que después llamé mi gran promotora vocacional. A medida que leía historia de un alma era como si había encontrado alguien con quien platicar de mi inquietud, había encontrado una gran amiga y por fin alguien podría entenderme, ya no me sentía sola. Mucho de lo que ella decía era para mí un espejo en el que me reflejaba, tanto en su relación con Jesús como en sus enormes deseos de ser misionera, de ser sacerdote etc. Cuando terminé de leer historia de un alma tomé la firme decisión de ser carmelita, y comprendí que precisamente eso era lo que quería. Teresita había venido a dar luz a mi confusión. Y desde entonces me determiné a buscar el Carmelo. Y con más decisión me acerque al padre para decirle que yo quería ser carmelita. Y precisamente en esas fechas habría un retiro vocacional y él me contactó con las Hermanas de los Pobres, siervas del Sagrado Corazón, que tenían un colegio en ciudad Mante, quienes lo organizaban para poder asistir.

Mientras tanto, por ese tiempo yo solía salir al jardín y sin saber cómo, el tiempo se me iba en un encuentro con Jesús. Con él hablaba de mis padres, pues yo no los quería hacer sufrir. Yo estaba por terminar la preparatoria y podía hasta tener una beca para la universidad por mis notas. Y además mi mamá se había ilusionado en que yo me graduara de doctora o maestra. Ella siempre soñaba con tener hijos profesionales, así la percibí siempre. De hecho cuando comencé a insinuarle a mi mamá la idea de ser religiosa, ella me recordaba mi sueño de estudiar medicina.
No entiendo lo que pasaba en mí, siempre me gustó darles gusto a mis padres en todo y ahora se anteponía algo más grande que mis fuerzas. Mis padres eran lo máximo, pero el amor de Dios era muy inquietante.


Cuando pedí permiso a mi mamá para ir al retiro vocacional, ella me dijo que yo estaba loca, aunque finalmente me dio permiso y le dijo a mi hermana Tere que me acompañara, pues yo era menor de edad. El padre Toño también fue a hablar con mi mamá para convencerla un poco más. De parte de mi papá fue más fácil el permiso. Y es que en realidad para mí como para mi familia ir al retiro vocacional era solo como un requisito pues ellos me veían ya convencida de irme a un convento y en realidad así me sentía. Desde que leí a Teresita de Lisieux yo ya me sentía cual era mi lugar e iba al retiro con la intención de buscarlas a las carmelitas.

El retiro lo viví lo mejor que pude y cuando nos presentaron varias congregaciones, yo si dudarlo, fui a buscar a las carmelitas y platiqué con ellas todo el tiempo, sin cambiar de congregación. Aunque yo aun no entendía que en el Carmelo había diferentes ramas. Eran las Carmelitas Misioneras de santa Teresa, y por el hecho de llevar el nombre de Carmelitas yo las relacionaba con Teresita de Lisieux.

El mismo día que terminó el retiro, ellas nos invitaron al convento antes de nosotros regresar a casa. En el convento tuvimos una larga charla con ellas, pero ellas solo ponían atención a mi hermana Teresa, tal vez porque la veían mayor que yo y por el nombre que llevaba y nunca me preguntaron a mí, si quería o no ser religiosa, yo antes de despedirnos me interpuse en la plática para decirles que quería ser carmelita, y fue un gozo sentir que me aceptaban, y casi ese mismo día quedamos en vernos más seguido. Tere y yo regresamos a casa contentas de ese retiro, aunque en mi interior se combinaba gozo y dolor, pues amaba mucho a mi familia y ya la decisión estaba tomada, yo ya me veía dentro, pero sabía que venía lo más difícil. También descubría dentro de mi algo de miedo, pues se me veían pensamientos de que tal vez solo era una ilusión, pero Dios me fue dando luz y fuerza en esta decisión.
Al regresar a casa, la familia nos esperaba para comer. Era un ambiente de mucha alegría, que siempre lo gocé, por eso me llenaba de sufrimiento saber que tenía que salir de ahí, pero aquello seguía. Y los meses que siguieron a mi entrada al Carmelo fue de mucha lucha. En mi familia también podía sentir el dolor de lo que se venía, pues en medio de la alegría había largos espacios de silencio que expresaban ese momento de la despedida, aunque poco a poco todos fueron respetando mi decisión.

Imágenes de Jesús de Nazaret | Imagenes de Jesus - Fotos de Jesus
Desde entonces yo ya estuve mas en contacto con las hermanas carmelitas, y fueron seis meses de preparación, durante los cuales mi familia, especialmente mi mamá se fueron convenciendo, pues yo entraría en Julio de 1992, ya mis padres me habían dado el permiso, aunque mi mamá siempre me decía que lo pensara bien, además la gente de mi pueblo se fue enterando y no faltaba quien de entre sus amigas le dijeran que no me dejara ir, porque yo era muy joven, pues tenía 17 años y que necesitaba conocer el mundo e ir fiestas y esto hacia que mi mamá dudara en dejarme ir. Otras en cambio, entre ellas mis tías la animaban y le decían que, qué darían ellas por tener una hija religiosa. Yo poco a poco fui dejando muchas cosas que según yo, ya no tenían que ver con mi futuro compromiso. También tenia cosas que debía cambiar como cristiana, y en este tiempo luché mucho por mejorar, así que mi familia me veía cambiada en muchos aspectos, lo que ayudo para convencerse de que esto era algo serio. El tiempo pasaba y mi mamá no se acaba de convencer, por lo que para mi graduación de la prepa me quería comprar a propósito un vestido muy escotado, pero yo misma le dije que lo quería sencillo. Me decía una y otra vez que le pensara o que me esperara hasta que tuviera 20 años. Yo no sé qué pasaba en mí, pero yo sentía que ese era el momento. Un mes antes de mi ingreso una niña vecina nos contagió de la vericela a mí y varios de mis hermanos, pero yo fui la que duró mas en cama. Llegó un momento en que me sentía desmayada y solo quería dormir, la fiebre era muy fuerte y solo abría los ojos para ver al Jesús resucitado frente a mí. En el fondo también era la lucha por no querer hacer sufrir a mi mamá y por el deseo de responder a tal inquietud. Y recuerdo que un amanecer mi mama fue a despertarme diciéndome: hija levántate, sino no vas a poder irte con las madres. Bendita frase que me hizo ponerme de pie, fue como la medicina del momento, que aunque todavía me sentía débil yo me fui recuperando, y mi mamá ya no me volvió a decir nada, más que aprobar mi decisión.

El tiempo que quedaba antes de mi entrada al convento traté de gozarlo al máximo con mi familia y con mis amigos más cercanos. Y para llevar ese tiempo difícil de despedida y fortalecer mi decisión, vivía momentos más intensos de oración. Por ese tiempo me ayudó mucho releer a Teresita de Lisieux, las cartas de san Pablo y un libro sobre la vida de María de Nazareth, que me ayudó mucho a fortalecer mi relación con ella y a encomendarle también a ella mi vocación de carmelita.

Y el día de entrar al convento llegó, yo tenía que viajar hasta la ciudad de México el 20 de Julio, pero las hermanas del Sanatorio me pidieron que estuviera con ellas el 16 de Julio. Por lo que ese mismo día ellas vinieron a la casa por mí. Ese día no estaba la mayoría de mi familia, solo mis hermanitos pequeños y de todos modos me fui a pasar la fiesta del Carmen con las hermanas. La verdad me fui llorando y al llegar con las hermanas saludé a cada una, yo seguía en lágrimas y no entendía por qué si ese había sido mi deseo. Las lágrimas se me secaron cuando alguien me dijo: que nuestra madre santísima te abrace y no te suelte nunca. Eso lo sentí como real, que las lágrimas realmente se me secaron. Al día siguiente regrese a Gómez a despedirme de mi familia. Mamá ya no quería verme. Yo empecé a despedirme uno a uno de mis hermanos, y algunos amigos que vinieron a casa. El cuadro de ese momento parecía un funeral, que yo no pude evitar una vez más las lágrimas. No entendía por qué Dios me pedía este sacrificio, si yo quería mucho a mi familia y me sentía muy apegada a ellos. Pero la fuerza interior seguía dentro de mí. La ultima en despedir fue mi mamá, la cual sumergida en lágrimas no podía decirme nada, y solo me dio la bendición. Ella pensaba que ya nunca me volvería a ver y es que era la primera hija que salía de aquel bello hogar. Mi papa no estaba en aquel entonces, y tal vez fue lo mejor, pero lo volví a ver cuando vine de vacaciones, después de mi postulantado. La única que no lloraba de mis hermanas era Susy, quien al despedirse me dijo que ella también seria religiosa, y precisamente hoy también es una carmelita.
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En todo el camino de ciudad Mante a México era pensar en mi familia y sentir la combinación de dos sentimientos, gozo y dolor. Me acompañaba la madre Mercedes Sandoval y nunca olvido el respeto que ella mostró en ese tiempo de despedida y al darme mi espacio para meditar en todo el camino. Ella misma me llevó al postulantado, en donde primero fue aspirantado por 15 días mientras se preparaba nuestra entrada al postulantado al que entramos 4 jóvenes y al que con mucho cariño nos recibieron nuestras maestras: Ana Esperanza y Mirella y después se unió Juanita Melendez. . Desde entonces he vivido en tierra del Carmelo donde Jesús me ha ido instruyendo desde el interior, tanto en mi tiempo de formación, como después de mis votos perpetuos. Donde cada día sigo aprendiendo muchas cosas y desde donde él me ha llenado de experiencias únicas como las diferentes misiones. Lo que el sembró en aquel tiempo de búsqueda lo fue haciendo germinar desde lo esencial de la vida consagrada, como el día a día de la comunidad, en los espacios fuertes de oración y en el contacto con la gente de cada apostolado. Una de las misiones y la que más me costó por el hecho de salir de mi patria, como salí de la casa de mis padres, y aunque también con lágrimas, también me plenificó, fue la misión a Suecia Estocolmo por doce años, y luego regresar y seguir fuera de mi patria en una misión en USA, pero todas ellas aunque implique sacrificio están llenas de satisfacción, y van nutriendo de vida la inquietud que inició en aquellos primeros años de mi búsqueda vocacional que siempre llevó consigo un ardor misionero, que implicaba el deseo de recorrer al mundo con la noticia del evangelio, pues eso siempre me inspiró de mi promotora vocacional, santa Teresia.
La imagen puede contener: 20 personas, incluidos Yolis Padron y Elisa Rojas, personas sonriendo, exteriorY a pesar de la despedida de aquel día de mi familia, que realmente parecía un funeral, fue un dolor bendecido por Jesús al darme la experiencia de realmente estar muy cerca de ellos desde el corazón, y aunque al tiempo para verlos a veces se extendió a más de un año o dos, ellos mismos se dieron cuenta que el venirme a un convento nunca nos separó, al contrario nos unió más, pues Jesús mismo, el que me metió en esta aventura nos hizo comprender en el camino, que en el no existen las distancias.

Hna Yolanda de Jesus, Padron Serrano


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