miércoles, 16 de diciembre de 2015

Llega la alegría


La alegría es uno de los principales temas de las Escrituras; se le encuentra por todas  partes en el A. y en el N.T. El mensaje de la Biblia es profundamente optimista: Dios quiere  la felicidad de los hombres; su éxito, su expansión, los quiere colmados de abundancia y de  plenitud. La alegría traduce, en el ser humano, la conciencia de una realización ya efectiva o  todavía por venir.
El mundo actual apenas conoce esta alegría integral, que supone una profunda  unificación del ser en la línea de su existencia según Dios. Hay algunas alegrías propias del  ser humano moderno, por ejemplo, la que procura la transformación de la naturaleza. Pero estas  alegrías quedan reservadas a unos pocos e incluso, generalmente, son dudosas. La mayor  parte de los hombres y mujeres  buscan la alegría en la evasión, el sueño y el placer, y aceptan una vida cotidiana sin relieve y sin sentido. Las más de las veces el hombre se encuentra  destrozado en todos los sentidos, y muy pocos son los que llegan a unir los múltiples hilos  de existencia concreta.
Un síntoma de la alegría verdadera es cuando dejándote interpelar por su voz, respondes como si hubieras encontrado lo más grande de tu vida, como si en realidad hubieras descubierto el tesoro escondido. Adviento y navidad son tiempos propios para encontrarte con la alegría y responderle. 

La alegría del Evangelio es una alegría que viene de lo Alto, pero que, al mismo tiempo,  debe surgir de un corazón de hombre: es una alegría divino-humana. Jesús es el iniciador  definitivo de esta alegría: esta alegría es pascual, ya que está, necesariamente, ligada al  acto último por el que Jesús expresa su obediencia al Padre dando su vida por todos los  hombres. (...) La alegría que experimentan los cristianos se traduce espontáneamente en  acción de gracias, ya que la salvación por la que se alegran es, en primer lugar y ante todo,  un don. Esta dimensión de su alegría es completamente esencial: los cristianos saben que  el triunfo definitivo de la aventura humana depende radicalmente de la misericordia  obsequiosa de Dios Padre. "En esto consiste su amor: no en que nosotros hayamos amado  a Dios, sino que Él nos ha amado a nosotros..." Cuando nos sentimos llamados a seguirle, no es que nosotros lo hayamos elegido a Él, sino que El no eligió a nosotros. Desde ahí se hace más plena la alegría. 




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